sábado, 24 enero, 2026
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Oliver Guez: La competencia entre Occidente y el islam continuará en el futuro

“Ella es a la vez imperialista y arabista”, dice el escritor francés Olivier Guez. “A la vez emancipada y muy acartonada. Está libre y presa dentro de su propio cuerpo. Es una mujer independiente y al mismo tiempo, una pequeña mujer en su relación con los hombres”.

Guez podría estar hablando durante horas sobre Gertrude Bell. Su nombre no es demasiado conocido hoy, pero su huella en la historia perdura: dama británica de la belle époque, tuvo una actuación política infrecuente y relevante en Medio Oriente, promovió la revolución árabe durante la Primera Guerra Mundial y diseñó las fronteras de la región de la Mesopotamia.

Bell fue una políglota y una espía, una arqueóloga y una escaladora: participó en los juegos de poder del Imperio Británico y marcó el espíritu de la región junto a Lawrence de Arabia, Winston Churchill y otras personas cuyos nombres hoy suenan míticos. Le decían “la Reina del Desierto”.


La indolencia con la que se creó Medio Oriente moderno es absolutamente fascinante; esa indolencia es en gran parte de Churchill


“Era una gran aventurera”, sigue Olivier Guez, que escuchó sobre Gertrude Bell por primera vez en 2003, mientras cubría la guerra de Irak (como periodista), y pronto sintió que todas las contradicciones de esa mujer lo fascinaban.

Guez fuma un cigarrillo con cierta cadencia: sentado en una mesa de calle de un restaurante de Recoleta, en Buenos Aires, se siente feliz. Ya vino seis veces a la Argentina. “Es una tierra de mitos”, dice.

En Buenos Aires, sostiene, encuentra una atmósfera similar a la que tenía Europa cuando él era un niño de Estrasburgo. Guez acepta el ritmo porteño por más que se quede sin tiempo para escribir dos o tres horas, que es lo que hace cuando está en su casa en Roma y se dedica a sus proyectos actuales: una antología de cuentos eróticos en la que dirige a diez escritores y escritoras de Francia, y una próxima novela que será una comedia contemporánea.

Guez no es desconocido para los lectores argentinos: ha firmado ensayos y novelas (como La desaparición de Josef Mengele) en donde muchas veces explora el alma de la identidad europea y su deambular algo confundido en nuestros días. Mesopotamia (Tusquets), su última obra, es una historia colosal protagonizada por aquella mujer ambigua, Gertrude Bell: el libro se puede entender como una biografía o como una novela de aventuras, y está situado antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial, en escenarios tan conflictivos y misteriosos como Bagdad, Teherán, Basora, El Cairo o Damasco.

Con la distancia del tiempo, el propio Guez entiende que Medio Oriente lo ha atraído siempre. Cuando era un estudiante en la London School of Economics, hace unos treinta años, uno de sus profesores, un hombre mayor de apellido Wilson –que había trabajado en la administración inglesa en Transjordania en la década de 1940–, le dio en sus clases una conexión directa con lo que había sido el Imperio Británico en Medio Oriente. “Muy impresionante”, dice Guez. En los años que siguieron viajó a Jordania, Siria, Israel y Egipto. La península del Sinai se abrió ante él como un paraíso solo habitado por hippies y beduinos. “Cuando uno tiene 25 años nada te parece peligroso”, se ríe.

Su hipótesis es que el centro del mundo está en Medio Oriente. Lo está mucho más que en Nueva York, París o Londres. “Medio Oriente es la región que los poderes grandes necesitan controlar”, explica. “Y la historia de Mesopotamia ocurre cuando Medio Oriente se estaba convirtiendo, de nuevo, en el centro del mundo. Porque ya había sido el centro del mundo antes del descubrimiento de América y luego, el centro del mundo se había mudado al Atlántico. Gracias a la segunda revolución industrial, el petróleo pasó a ser tan valioso que todos los imperios querían obtenerlo y así el eje volvió a Medio Oriente”. Su análisis admite una salvedad: hoy parece haber dos centros del mundo. Medio Oriente, sí, y también el océano Pacífico.

Medio Oriente es como un resto del siglo XX (es decir, de un mundo empujado por el petróleo, que de acuerdo a Guez es “la bendición y la maldición de la región”) y sirve de sustrato al islam político: “Una nueva fuerza de enorme poder”, según este escritor. Así fue como al narrar la historia de Getrude Bell, entendió que podía escribir en realidad la historia de la creación del Medio Oriente de nuestra era. “Escribir cómo empezó… y cómo está terminando…”, dice.

–De todas las cosas llamativas que hay en Gertrude Bell, ¿cuál es la más notable?

–Quizás es esa condición de haber cruzado el Rubicón: en un momento dado, ella pierde contacto con la realidad, deja de hacer pie y quiere inventar un reino en el actual Irak, algo así como un país que jamás existió, imaginándose que podría regenerar la antigua Mesopotamia. Obviamente esto era una locura absoluta y el precio todavía se sigue pagando, y sobre todo lo pagan los iraquíes. Yo no tenía ninguna idea preconcebida respecto de Gertrude Bell antes de empezar a escribir. Nací poco más de cien años después de ella. Por otro lado, en los últimos quince años algunas mujeres desconocidas han sido resucitadas, pero ella escapa totalmente a eso: no puede ser una heroína contemporánea porque era imperialista y era antifeminista. Yo creo que es hora de hablar de las mujeres como hablamos de los hombres: decir lo que hicieron bien y decir lo que hicieron mal, dejar de colocarlas en un pedestal solo porque son mujeres. Es como cuando le dieron el premio Nobel a Barack Obama justo al llegar a la Casa Blanca. Es una especie de racismo invertido. ¿Barack Obama merecía el premio Nobel? Quizá sí, pero hubiera sido más justo si hubiera tenido que esperar un par de años.

–¿Cómo fue el trabajo entonces de entender a esa mujer victoriana y de acercarse a su modo de pensar?

–Tengo una especie de método de trabajo en círculos concéntricos. Apliqué el mismo método cuando escribí sobre Josef Mengele. Es decir, leo una biografía y luego leo lo que hay alrededor de ella. Leer alrededor de Gertrude Bell es una empresa totalmente delirante; ingresar a la psicología de una señora victoriana que nació en 1868 era un reto. Creo que no tenemos nada en común. De todos modos, siempre hago tres pasos en mi proceso de escritura. El primero es leer, leer, leer, leer, leer… Luego tomo notas. Esta vez, eso duró algo así como un año: cientos de notas. Después hice una estructura. Sin la estructura, uno está completamente perdido. Y recién entonces pude concentrarme en escribir.

–¿Qué errores deben ser evitados en este tipo de libros?

–El primero es hacer una novela de Wikipedia. Si empieza con un personaje y luego vienen ocho páginas que abundan en datos, eso no funciona. El segundo error que hay que evitar es dar demasiados detalles. Eso sobrecarga el texto. Hay que encontrar una manera de contar la historia como si escribieras una novela contemporánea: sin detenerse a detallar cada cosa que aparece. Hay que crear un tipo de atmósfera en el que la gente pueda dejar funcionar su imaginación.

–¿Y cómo hizo para no juzgar la vida de Gertrude Bell desde la moral actual?

–Mi posición en muchas cosas es mantener una cierta distancia. Este libro se puede leer como un libro contra el colonialismo y contra el imperialismo, pero también se puede leer como un libro en el que hay una especie de admiración de estas personas (Bell, Churchill, etcétera) y del colonialismo y del imperialismo. Básicamente, quise darle la libertad al lector de que eligiera. De esto se tratan la literatura y el cine. Un autor no le da su mente al lector; cada persona tiene su propia mente. El autor crea emociones y nuevas sensibilidades. Sin subestimar a nadie. Yo, como autor, no estoy aquí para enseñarle nada a nadie.


Medio Oriente busca una revancha por el colonialismo, por el cristianismo


–Al mismo tiempo, ¿no cree que palabras como “imperialismo” o “colonialismo” son realmente pesadas hoy en día? ¿La cultura de la cancelación podría ser una amenaza para historias como la de Mesopotamia?

–No me detuve a pensar ese tipo de cosas. Simplemente intenté escribir. En este caso, quise escribir la historia con la perspectiva de aquel momento histórico y no con la de nuestro momento, lo cual no sería demasiado interesante. Es muy fácil juzgar el pasado desde el hoy.

–¿La historia la hacen los individuos como Gertrude Bell o la hacen los pueblos?

–Creo que ambos. En este libro traté de mostrar cómo se hizo la historia. La indolencia con la que se creó Medio Oriente moderno es absolutamente fascinante; esa indolencia es en gran parte de Churchill. Dos años y medio después de la Primera Guerra Mundial, los británicos se reúnen en El Cairo bajo el ala de Churchill, que era Secretario de las Colonias. Tanto Churchill como Bell tienen su propio imaginario y su propia neurosis para con los árabes y para con esa región y ahí vemos entonces, en un punto, el impacto de los individuos en el destino del mundo. Pero el impacto de los individuos no impide que en determinados momentos de la historia haya pueblos, y creo que todos podemos pensar en algún ejemplo de eso.

–Su libro La desaparición de Josef Mengele demandó una gran investigación. Lo mismo que éste. ¿Aquel le dejó algo que haya vuelto a aplicar con Gertrude Bell?

–La cuestión de los deseos prometeicos… Como decía antes, creo que Mengele y Bell comparten el paso a la desmesura, la pérdida de contacto, la lejanía con la realidad. Mengele se embarcó en el descubrimiento de los secretos orgánicos de los gemelos y Gertrude Bell quiso regenerar la antigua Mesopotamia. En un punto determinado, ellos son “hubris”. Es una palabra griega que sígnica arrogancia, soberbia, desmesura, orgullo. Esta hubris es más fuerte que todo lo demás. Y luego quieren crear: dejan el mundo de la realidad para producir algo monstruoso o algo completamente loco. Ella, en un punto determinado, decide que va a regenerar Mesopotamia, la antigua Mesopotamia: es una locura sin sentido. Pero realmente piensa que lo debe hacer.

–¿Cree que hay algún tipo de conexión entre los errores del Imperio Otomano –que es parte del contexto para su historia en Mesopotamia– y el crecimiento del poder islamista?

–No creo. Los Otomanos eran islámicos, pero no islamistas. Es muy diferente. Después del final de los Otomanos, vinieron los nuevos regímenes, que veían a Occidente con buenos ojos. Los líderes seculares eran los westernizados, como Faysal I de Irak, o como los socialistas al estilo de Gamal Abdel Nasser en Egipto. Sin embargo, todo esto falló después de 1967. Así surgieron los nuevos poderes: los estados del Golfo Pérsico, que siempre han sido extremadamente tradicionales u ortodoxos. Si uno mira la historia de la relación entre el islam y el mundo occidental, o el mundo cristiano, verá este tipo de movimientos. Es una larga competencia y creo que el futuro del siglo XXI trae una venganza de Medio Oriente contra el mundo Occidental. Una revancha por el colonialismo, por el cristianismo, por todo esto… Ese sentimiento está en algún lugar, creo.

–¿Pero qué cree que sucederá con Medio Oriente cuando la energía limpia, las autos eléctricos y las fábricas verdes no dependan del petróleo?

–La primera pregunta es: ¿sucederá? ¿Que venga un mundo limpio así? No lo creo. Hay muchos intereses en juego que presionan para que no haya un mundo limpio, y son intereses globales. Se puede resolver una crisis internacional cuando los problemas locales permanecen locales: eso ocurrió con Francia y Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Allí finalmente se entendió que era mejor vivir en paz y no hacer la guerra. Pero no estaban todos los grandes poderes tratando de interferir o de impedir que eso ocurriera. El problema árabe-israelí, en cambio, no es local sino global. Irán, Rusia, Estados Unidos, Europa y los Estados del Golfo: todos buscan su parte en ese conflicto y es imposible encontrar un acuerdo. Creo que los nuevos poderes de la región, entre los que cuento al poder de la religión actual, no desaparecerán porque ahora mismo están transformando su economía. Veremos.

UN NOVELISTA DOCUMENTADO

PERFIL: Olivier Guez

Olivier Guez nació en Estrasburgo, ciudad francesa en la frontera con Alemania, en 1974. Estudió ciencia política en su ciudad natal y, más tarde, en la London School of Economics and Political Science, en Inglaterra.

Su última novela, Mesopotomia, le demandó seis años de trabajo y narra a a través de la arqueóloga Gertrude Bell, amiga de Lawrence de Arabia, cómo se formó el Medio Oriente actual e Irak.

Entre sus otros libros de literatura, figura La desaparición de Josef Mengele (2017), sobre el controvertido médico nazi, que obtuvo el Premio Renaudot.

Entre sus ensayos se cuentan El imposible retorno. Una historia de los judíos en Alemania desde 1945 (2007) y Elogio de lo esquivo (2014).

Como periodista independiente sus artículos se publicaron en medios como The New York Times, Le Monde y Frankfurter Allgemeine Zeitung.

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