Un repaso por los temores generados por avances tecnológicos como el ferrocarril en el siglo XIX y su paralelismo con la inteligencia artificial actual.
Los grandes saltos tecnológicos siempre despiertan el temor al apocalipsis en los sectores más conservadores, mientras que la mayoría de las personas se adaptan y mejoran sus condiciones de vida. La historia demuestra que la resistencia al cambio y el miedo al futuro son reacciones recurrentes ante las innovaciones que transforman las reglas de la sociedad.
El miedo al progreso a través de la historia
Durante el siglo XIX, el ferrocarril fue visto como una amenaza directa al orden natural. En el Vaticano, el papa Gregorio XVI se opuso a su avance mediante un juego de palabras en francés, comparando el chemin de fer (ferrocarril) con un chemin d’enfer (camino al infierno). Médicos y científicos de la época respaldaron esta postura asegurando que el cuerpo humano no toleraría viajar a más de 35 kilómetros por hora, argumentando que los cuerpos terminarían disolviéndose.
En Inglaterra, varios predicadores catalogaron al tren como una «obra maestra de Satanás». Este clima de desconfianza impulsó la huida de comunidades como los amish y los menonitas, quienes dos siglos después mantienen su rechazo a los avances modernos.
A la par de esta revolución industrial, Europa vivió fuertes desequilibrios que provocaron el éxodo masivo de unos 60 millones de personas. Esta ola migratoria –agravada por eventos como la hambruna de la papa en Irlanda en 1847, donde murió un millón de personas debido al microorganismo Phytophthora infestans– sentó las bases para la conformación de naciones como Estados Unidos, Canadá, Argentina, Australia y Nueva Zelanda.
En ese contexto de crisis, Karl Marx publicó el Manifiesto Comunista en 1848, vaticinando un futuro polarizado en el que solo existirían los dueños de los medios de producción y un proletariado pauperizado. Sería tan grave su situación que solo le quedarían cadenas y su prole.
La creación de nuevas fuentes de trabajo
El error común de las predicciones catastróficas es ignorar que una revolución tecnológica destruye empleos que se vuelven obsoletos, pero genera otros de mayor calidad. Actualmente, la mayor parte de la población no trabaja en fábricas, sino en ocupaciones que antes eran inimaginables.
- El deporte profesional: en 1871 nació la FA Cup en Inglaterra y recién en 1885 se permitió el pago a futbolistas. Hoy, millones de personas viven del fútbol con ingresos sustanciales.
- La industria musical: salió de las iglesias y los palacios para conformar un mercado global masivo que genera empleo a gran escala. Los grandes músicos tienen fortunas mayores que las de grandes industriales.
- Nuevos oficios industriales: la primera revolución tecnológica dio origen a mecánicos, telegrafistas, maquinistas, telefonistas y profesionales liberales.
Hoy en día, el proletariado tradicional está en vías de extinción, siendo reemplazado en sus tareas repetitivas por la robótica y la Inteligencia Artificial (IA), con humanos que son técnicos con formación sofisticada y altos ingresos.
La realidad de la inteligencia artificial
La llegada de la IA ha reactivado la histeria colectiva sobre el fin de los tiempos, una idea propia de las religiones monoteístas que suponen que hace poco tiempo hubo un Dios que creó el universo y a la especie humana a su imagen y semejanza. Sin embargo, está comprobado que el universo tiene miles de millones de años de existencia y es improbable que colapse porque los humanos creemos herramientas complejas.
A diferencia de los seres vivos, la inteligencia artificial carece de autonomía real debido a limitaciones técnicas estructurales:
- Funciona mediante estadísticas: reconoce patrones probabilísticos pero no comprende el significado de los datos que procesa. Encuentra patrones de comportamientos de los textos, pero no entiende lo que dicen.
- Carece de ética y emoción: al no sentir, no puede evaluar el impacto humano o moral de sus acciones.
- Falla ante lo imprevisto: es incapaz de reaccionar ante situaciones nuevas o ambiguas que no formen parte de su entrenamiento inicial.
- Dependencia absoluta de los seres humanos: una IA en una computadora no actúa si un humano no le da una orden explícita, a diferencia de un perro que puede rascarse o pedir comida por iniciativa propia.
La Inteligencia Artificial es una herramienta cien veces más poderosa que la máquina de vapor. Su impacto generará una transformación mayor a la del siglo XIX en Europa, pero su éxito dependerá del uso humano para construir una era de prosperidad y salud.
No trae consigo el apocalipsis. Si es bien usada podrá ayudar a que los seres humanos avancemos de manera increíble en todos los ámbitos, como la salud. Necesitamos élites políticas, científicas y de todo orden para afrontar la transformación con una mente abierta, sin prejuicios mágicos.
Aunque la sociedad de los algoritmos nos empuja al choque y a la estridencia, es necesario, más que nunca, promover un amplio diálogo nacional en el que participen, sin prejuicios, todos los sectores: sindicatos, empresarios, científicos, universidades, para enfrentar una coyuntura, la de cambio más poderoso de la historia de la humanidad.
* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.
