El empresario tucumano Marcelo Contreras relató cómo reconstruyó su negocio de empanadas en Panamá tras quebrar durante la pandemia. Hoy posee dos fábricas, un restaurante y una cafetería bajo la marca Caminitos.
A los 51 años, Marcelo Contreras tiene dos fábricas, un restaurante y una cafetería bajo la marca Caminitos en Panamá. Nació en agosto de 1975 en La Tuna, Tucumán, y creció en el campo. A los 17 años se mudó a Buenos Aires, donde trabajó como cadete en un supermercado y luego ingresó a la cadena de cafeterías Tentissimo, donde se desempeñó como ayudante general, hornero, encargado de turno, encargado de local y supervisor de tres sucursales. Participó en la inauguración de 14 locales durante los ocho años que estuvo en esa empresa.
La crisis de 2001 lo llevó a Costa Rica, donde consiguió trabajo y vivienda gracias a contactos de su antiguo jefe. Años después regresó a Tucumán para acompañar a su padre, gravemente enfermo. Renunció a su empleo y pasó cinco meses con él hasta su muerte. «Estaba sin trabajo, sin padre y sin plata y con una hermosa deuda personal y de las tarjetas de crédito de mi novia», recuerda Contreras.
Se instaló en Venezuela con quien entonces era su pareja y comenzó a preparar empanadas. El pequeño negocio creció: al año y medio había pagado sus deudas y ambos habían comprado un auto. Luego decidió mudarse a Panamá, donde volvió a empezar de cero. «Vendía una docena por día, a veces dos», cuenta. Primero las comercializaba en la cancha donde jugaba al fútbol y luego en un pequeño local. Con el tiempo sumó facturas y medialunas.
En 2020 tenía dos restaurantes especializados en carnes y una fábrica de empanadas. Con la pandemia, afirmó: «Quebré completamente; perdí unos US$600.000, cerré los restaurantes y pasé de tener 40 empleados a trabajar solo con una persona». Conservó las máquinas.
Según su relato, la recuperación se basó en la «confianza». Empresarios que lo conocían le facilitaron maquinaria nueva sin exigirle un pago inicial. El propietario de un local lo convenció de abrir una cafetería y acordó cobrarle el alquiler cuando el negocio comenzara a generar ganancias. «Gracias a Dios y al esfuerzo de las personas que están conmigo y a dueños de otras empresas que creyeron en mí, pude reiniciarme», sostuvo. Buena parte de los acuerdos se concretaron «estrechando la mano» y, según Contreras, no entregó ningún dólar de anticipo. La inversión inicial para abrir su primer negocio fue de US$10.000.
Actualmente tiene una fábrica de empanadas, una fábrica de pan, un restaurante y una cafetería. Señaló que para instalar una fábrica como la suya en Panamá hoy se requiere un mínimo de US$50.000 y recomendó contar con asesoramiento local para permisos, impuestos, seguros y trámites. En Panamá existe una fuerte comunidad argentina y profesionales panameños que estudiaron en Argentina se convirtieron en parte de su clientela: «Venían buscando un pedacito de la Argentina en Panamá». Contreras trabaja «de lunes a lunes» y desde la pandemia no se tomó vacaciones pagadas por su propia compañía.
